Mi casa en espiral
La Tierra
Por César Iván Miguel Ventura, Luis M. Burciaga y Guillermina Alcaraz Zubeldia
31/08/2026
Entre el refugio y la concha
La película Memorias de un caracol cuenta la historia de Grace Pudel, una mujer que reconstruye su vida mirando hacia atrás, marcada por pérdidas, vínculos rotos con su familia y la sensación persistente de no encajar. Entre todo ese desorden emocional, su fascinación por los caracoles es algo que ha permanecido constante. Y es que no es casualidad, su madre le heredó un gran interés por las conchas, esas pequeñas esculturas naturales de curvas casi perfectas, patrones que se repiten y una espiral que parece no terminar nunca. Es como si hubiera algo hipnótico en ellas, como si guardaran una historia en cada vuelta. Para Grace, las conchas significan una especie de refugio. Son objetos que llenan espacios vacíos, que ordenan un mundo que a veces parece desmoronarse. Pero lo que para ella puede ser un símbolo, para los caracoles significa supervivencia. Esa tensión entre refugio emocional y supervivencia biológica atraviesa la película desde el inicio.
A lo largo de la película, Grace hace algo muy humano, se repliega y se protege. Se encierra en sí misma como una forma de evitar sus pensamientos, su dolor. Su “caparazón” no es visible, pero funciona muy parecido, la mantiene a salvo, aunque también la limita.
Los caracoles en realidad no tienen esa contradicción. Su concha no es algo metafórico, es una estructura de la que depende su vida. Dentro de ella, los caracoles encuentran protección ante todo tipo de depredadores y gastan menos energía en regular la temperatura y la humedad [1, 2]. Gracias a su concha, no necesitan huir constantemente ni exponerse más de lo necesario. De alguna manera pueden quedarse, resguardarse y elegir cuándo salir.
Esa capacidad de tener una casa portátil ha sido una de las estrategias más exitosas en la historia de la vida. Gracias a ella, los caracoles llevan viviendo en este planeta desde hace cientos de millones de años [1, 2], incluso en ambientes que cambian y que muchas veces son hostiles. Refugiarse, para ellos, no es escapar del mundo, como probablemente lo hace Grace. Es la forma en la que logran habitarlo.
Una espiral que conquistó el mundo
Los caracoles no siempre fueron como los conocemos hoy. Existen desde hace más de 500 millones de años, en una época en la que la vida apenas comenzaba a diversificarse en los océanos, el Paleozoico. Los fósiles más antiguos muestran algo que, desde entonces, no ha cambiado demasiado, una concha enrollada en espiral. Esa estructura, que hoy nos parece tan común, fue en su momento una innovación radical. No era sólo una cubierta; tener una concha les ayudaba a los animales a protegerse, resistir cambios del ambiente y, sobre todo, llevar su casa a distintos sitios. Desde ese momento, lo que siguió fue una explosión de formas. Algunas conchas se alargaron como torres, otras se aplanaron, algunas casi perdieron la espiral y otras la exageraron [1]. Y esa flexibilidad de formas es, en buena medida, lo que permitió que los caracoles no sólo sobrevivieran, sino que se diversificaran hasta ocupar prácticamente todos los rincones del planeta [3]. Esa diversidad puede verse en la enorme variación de formas que adoptan sus conchas.
Esa capacidad para ocupar distintos rincones del planeta encuentra un curioso paralelo en Pinky, la amiga que Grace conoció en su adolescencia temprana. Pinky es el tipo de persona que parece haber vivido varias vidas en una sola. En la historia de Grace, aparece como una figura que ha estado en todas partes, que ha probado de todo y que, de alguna forma, siempre encuentra una manera de seguir adelante.
Los caracoles, a su manera, han hecho algo parecido. Aunque su origen está en el mar, no se quedaron ahí. A lo largo de millones de años, distintos grupos comenzaron a explorar nuevos ambientes, comenzando por zonas costeras, luego el agua dulce y finalmente la tierra firme. Más que un evento repentino de colonización, fue una transición lenta, llena de intentos fallidos y adaptaciones graduales [2].
Lo más sorprendente es que este proceso no ocurrió una sola vez. Los caracoles han colonizado la Tierra en múltiples ocasiones, alrededor de 30 veces, cada una con su propia historia evolutiva. Mientras que otros grupos de animales hicieron esta transición una sola vez, los gasterópodos (el grupo al que pertenecen los caracoles) repitieron el proceso varias veces [2]. No necesitaron una vida extraordinaria como la de Pinky para colonizar nuevos ambientes; les bastó con algo más constante que espectacular: adaptarse.
Las conchas no sólo han fascinado a Grace. Mucho antes de ella (y de cualquier película), los humanos ya estaban recogiendo conchas, intercambiándolas y dándoles distintos significados. Las hemos encontrado en excavaciones arqueológicas en prácticamente todo el mundo. Algunas fueron usadas como adornos, otras como símbolos de estatus y muchas más como objetos para rituales. En distintos momentos y culturas, una concha podía ser un amuleto, una herramienta o incluso una forma de dinero [7, 8]. En China, por ejemplo, el carácter 貝 (bei) proviene de la forma de una concha utilizada como moneda [7]. Algunas conchas de cauri, como Monetaria moneta, fueron especialmente importantes en estos intercambios.
En México también dejaron huella. En distintas culturas mesoamericanas, las conchas circularon como bienes de intercambio, formaron parte de tributos y se transformaron en objetos ornamentales o ceremoniales [10]. Se han encontrado conchas marinas en regiones sin acceso al mar, lo que indica redes de comercio y el valor que se les atribuía. Algunas se convertían en collares, aretes o narigueras; otras marcaban estatus [10]. También tuvieron un papel ceremonial. El tecciztli, una trompeta hecha a partir de un caracol marino, era utilizada por los mexicas en rituales. Su sonido no sólo era un instrumento, sino parte de una experiencia simbólica más amplia [11].
Las conchas combinan dos cosas poco comunes: la resistencia con la belleza. Persisten en el tiempo, pero a la vez muestran formas y patrones que parecen diseñados con intención. Tal vez por eso seguimos coleccionándolas, no sólo por lo que son, sino por lo que evocan.
Y todavía hay algo más detrás de esas formas que tanto nos atraen; aunque la mayoría de las conchas siguen un patrón similar, no todas giran en la misma dirección. En los caracoles, algunas conchas se enrollan hacia la derecha y otras hacia la izquierda. A las primeras se les llama dextrógiras; a las segundas, levógiras [12]. La diferencia puede parecer mínima, pero en realidad define aspectos importantes de su biología, desde cómo encajan sus órganos hasta con quién pueden reproducirse.
En la historia de Grace, su caracol favorito, Sylvia, tenía justo esa peculiaridad: su concha giraba en sentido contrario al de sus hermanos. Esa diferencia, que podría pasar desapercibida, fue suficiente para volverla especial. Detrás de esto no hay decisión ni preferencia, sino desarrollo. En las etapas tempranas de los caracoles, ocurren procesos internos que determinan hacia qué lado crecerá la concha. Una ligera variación en ese proceso basta para cambiar toda la orientación [13]. En un grupo donde la repetición es la norma, pequeñas diferencias pueden volverse extraordinarias. En la película, esa rareza queda representada por Sylvia, el caracol cuya concha gira en sentido contrario al de sus hermanos.
Cuando el refugio se vuelve una jaula
Grace pasó gran parte de su vida rodeada de caracoles. Los coleccionaba, los observaba, los acumulaba como si en ellos pudiera encontrar algo que el mundo le había quitado. En cierto sentido, construyó su propio refugio. Pero no todos los refugios funcionan igual; para los caracoles, la concha no es una elección ni una carga simbólica, es una estructura indispensable. La concha les permite sobrevivir, enfrentar cambios y seguir adelante en ambientes que no siempre son favorables. No los limita, los sostiene.
En los humanos, en cambio, el refugio puede volverse otra cosa. Lo que empieza como protección puede transformarse en encierro. No por su forma, sino por la manera en que se usa. Grace no estaba equivocada al buscar resguardarse. Pero, a diferencia de los caracoles, su “concha” no la ayudaba a avanzar, sino a quedarse en el mismo lugar.
Con el tiempo, Grace logra algo que los caracoles nunca necesitan hacer: salir de su refugio. No porque su concha fuera inútil, sólo había dejado de cumplir su función. Lo que antes protegía, ahora limitaba, y avanzar implicaba soltarla.
Los caracoles no miran atrás. Su vida transcurre hacia adelante, incluso si lo hacen lentamente. Su concha no es una carga ni una jaula, es la forma en la que existen en el mundo.
Tal vez por eso las espirales nos resultan tan atractivas. Qué atinados eran nuestros antepasados mesoamericanos, al relacionar las espirales con el movimiento y el aliento, con aquello que no se detiene y sigue transformándose. Las espirales no son círculos cerrados, no regresan al mismo punto. Se expanden y avanzan. Y aunque desde fuera parezca que giran sobre lo mismo, cada vuelta las lleva a un lugar distinto.
Referencias
[1] Frýda, J. (2013). Fossil invertebrates: gastropods. En Earth Systems and Environmental Sciences. https://doi.org/10.1016/b978-0-12-409548-9.02806-2
[2] Ponder, W. F., Lindberg, D. R., & Ponder, J. M. (2019). Biology and evolution of the Mollusca, volume 1. CRC Press.
[3] Clements, R., Liew, T. S., Vermeulen, J. J., & Schilthuizen, M. (2008). Further twists in gastropod shell evolution. Biology Letters, 4(2), 179–182.
[4] Zell, H. (2014). Boring turret snail; Turritella acropora. Wikimedia Commons. https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/15/Turritella_acropora_01.JPG
[5] Foon, J. K., Clements, G. R., & Liew, T. S. (2017). Diversity and biogeography of land snails (Mollusca, Gastropoda) in the limestone hills of Perak, Peninsular Malaysia. ZooKeys, 682, 1.
[6] Polk, E. (2011). Natural colored Ceratostoma burnetti shell alongside an albino variant. Wikimedia Commons. https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/50/Ceratostoma_burnetti_albino.jpg
[7] Artica, M. I., & Vergé, M. D. S. M. (2016). Sistematización de la “moneda-concha”: criterios taxonómicos, morfológicos, geográficos y funcionales. En Patrimonio numismático y museos: actas XV Congreso Nacional de Numismática. Madrid, 28–30 de octubre de 2014 (pp. 1291–1310). Museo Casa de la Moneda.
[8] Harris, M., & Weisler, M. (2018). Prehistoric human impacts to marine mollusks and intertidal ecosystems in the Pacific Islands. Journal of Island & Coastal Archaeology, 13(2).
[9] Poppe, G. (2007). Monetaria moneta [Fotografía]. Poppe Images. https://www.poppe-images.com/index.php/product/monetaria-moneta-3/
[10] Exposición permanente de culturas mesoamericanas [Exposición]. (2025). Museo Arqueológico de Valle de Bravo, Valle de Bravo, Estado de México, México.
[11] Aguayo Alemán, M. I., & Garduño Ruíz, E. A. (2018). El tecciztli o trompeta de caracol. Su función ceremonial y cosmogónica entre los aztecas. Thule, 45. https://www.researchgate.net/publication/379226517_El_tecciztli_o_trompeta_de_caracol_Su_funcion_ceremonial_y_cosmogonica_entre_los_aztecas
[12] Solem, G. A. (2025, March 10). Gastropod. Encyclopaedia Britannica. https://www.britannica.com/animal/gastropod
[13] Grande, C., & Patel, N. H. (2009). Nodal signalling is involved in left–right asymmetry in snails. Nature, 457(7232), 1007–1011.
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