Cazadoras, cuidadoras y creadoras: el lado B de la prehistoria
ser humano
Por Diana Platas y Luis Alberto Arau Ruiz
02/07/2025
Arrinconado en un pasillo del museo para no ser arrastrado por la marea de gente, vi pasar a varios turistas extranjeros y nacionales, gente de todas las edades, avanzando a su propio paso. Apenas iniciaba mi recorrido en el Museo Nacional de Antropología, un domingo de vacaciones: el motivo perfecto para estos tumultos. Me refugié en una de mis salas favoritas, “Introducción a la Antropología y al poblamiento de América”, convencido de que ahí estaría más tranquilo… ¡pero no! En cuanto entré, apareció un grupo de niños llenos de energía, al parecer de un curso de verano. Sin mucho margen para huir, respiré hondo, me relajé y, divertido, me dispuse a escuchar sus comentarios. La sala abre con una réplica de Lucy —representante de la especie Australopithecus afarensis—, una de las homínidas más famosas. Y, como era de esperarse, los niños y las niñas arrancaron con las burlas: “mira, se parece a ti pero sin calzones”, “ay, sí, está igual de peludo que tu hermano”… y una lluvia de ocurrencias por el estilo.
De repente, una niña le preguntó a quien yo supuse era la maestra:
—¿Por qué no lleva una lanza, como en las caricaturas?
La maestra respondió sin titubear:
—Porque es mujer; sólo los hombres cazaban.
Abrí los ojos como platos. Sentí el corazón dar varios brincos. Y supe, en ese instante, que no podía quedarme callado. Respiré hondo. Sin grandes aspavientos, me acerqué, me presenté con la maestra y, a riesgo de que me llamaran metiche, les expliqué, a grandes rasgos, algo de lo que había visto años atrás en clase y que se ha convertido en una de mis pasiones académicas: la prehistoria. Les hablé de la cronología y las características de los distintos homínidos, cuándo empezaron a fabricarse diferentes tipos de herramientas, rituales, arte paleolítico, y cómo todo eso ha cambiado nuestra forma de imaginar su vida cotidiana. Pero, sobre todo, les subrayé una idea que a mí mismo me sigue cautivando: claro que las mujeres cazaban. Me emocioné tanto que terminé recorriendo la sala con el grupo, deteniéndome aquí y allá para responder preguntas y traducir vitrinas al lenguaje de las pequeñas y los pequeños.
Al final, un poco apenado, recibí unos aplausos de los niños y un apretón de manos de los maestros. Sin embargo, mientras me despedía, sonrojado pero satisfecho, me quedó retumbando la frase de la maestra: “sólo los hombres cazaban”. Asumí que no era mala intención; era, más bien, el eco de una historia que nos han contado durante generaciones. Porque durante buena parte de los siglos XIX y XX, la prehistoria se narró desde una creencia casi incuestionable: los hombres cazaban, las mujeres recolectaban y cuidaban. En las últimas décadas, la arqueología ha comenzado a cuestionar estos supuestos a partir de nuevas preguntas, métodos y revisiones críticas del registro material. Uno de los ejemplos que les conté a los niños (casi actuando) fue el de una joven enterrada en los Andes peruanos —en el yacimiento de Wilamaya-Patjxa—, hace unos 9000 años, con un equipo completo de caza: puntas de proyectil, cuchillos y raspadores (“toda una auténtica guerrera”, les dije). Antes, ese ajuar funerario se habría traducido, sin pensarlo, como el de un hombre. No por las pruebas, sino por una inercia interpretativa. Lo interesante es que los análisis recientes confirmaron que se trataba de una mujer.
Este caso no es una anécdota aislada. Se suma a un conjunto creciente de evidencias que obliga a revisar supuestos profundamente arraigados sobre la división del trabajo, el cuerpo y el papel social de las mujeres en el pasado. Y si de cazadoras se trata, México también tiene mucho que decir. En la Sala 3 del Museo Nacional de Antropología —el mismo que recorrí aquel domingo— hay un diorama que representa la caza de un mamut, asociado al famoso esqueleto descubierto en 1947 por el geólogo y arqueólogo Helmut de Terra cerca del lago de Texcoco. Durante años se le llamó el “Hombre de Tepexpan”, hasta que el doctor Santiago Genovés reanalizó los restos y descubrió que era ni más ni menos que una mujer. Su antigüedad exacta sigue siendo objeto de debate, pero su historia no: también aquí, una cazadora aguardaba detrás del telón de la Historia.
Preguntarse por las mujeres en la prehistoria no es un ajuste tardío de la ciencia ni un gesto de corrección política. En realidad, apunta al núcleo del problema: cuánto de lo que creemos saber sobre el pasado refleja nuestros propios valores y no la vida prehistórica.
¡Yabba-dabba-doo!: la prehistoria que nos contaron
Cuando pensamos en la prehistoria, casi siempre aparece la misma imagen: algo muy parecido a la película La era del hielo: paisajes helados, mamuts enormes y un hombre cubierto de pieles, lanza en mano, cazando. Este cliché del “hombre cazador” se repite una y otra vez en caricaturas, películas, libros de ficción y en muchos materiales escolares. Entre el “¡Yabba-dabba-doo!” de Pedro Picapiedra y el grito de “¡Vilmaaa, ya llegué a casa, qué hay de comer!”, pasando por el chistoso “Capitán Cavernícola y Cavernicolita” o incluso la serie contemporánea Primal, habría que plantear dónde están las mujeres en esa historia o qué papel se les asigna. Durante mucho tiempo, la arqueología, la divulgación científica y la narrativa popular han contado el pasado como si las mujeres apenas hubieran estado ahí: cuidando el fuego, atendiendo a las crías, preparando alimentos, curtiendo pieles o esperando en las cuevas. Sin embargo, la evidencia arqueológica sugiere un panorama mucho más complejo y diverso del que se dio por sentado durante décadas.
Para comprender ese pasado es necesario comenzar en África, donde hace unos 2.5 millones de años aparecieron los primeros representantes de nuestro linaje, los homínidos del género Homo. Desde allí, mucho más tarde, distintas poblaciones humanas se dispersaron por Eurasia y, finalmente, por América, adaptándose a entornos y climas extremadamente diversos y transformando los paisajes que habitaban. Este debate no es exclusivo de la arqueología en particular, sino que es atravesado por otras áreas del conocimiento. Entre ellas se encuentra la arqueología cognitiva, una interdisciplina que comenzó a desarrollarse en la década de 1980 y que busca comprender la historia humana a partir de sus huellas materiales, infiriendo cambios en el comportamiento y en los procesos mentales a lo largo de la evolución de los homínidos. Para esto, se apoya en disciplinas como la primatología, la lingüística y la neurociencia para entender cómo pensamos y nos comunicamos a través de lo que dejamos físicamente, siempre de la mano de la antropología. Estudiar a nuestros antepasados implica reconstruir, a partir de evidencias fragmentadas, cómo se organizaban las actividades, los saberes y las relaciones sociales, más que asumirlos desde categorías y expectativas propias del presente.
El mito del hombre cazador: las raíces del sesgo
La idea del hombre cazador ha ocupado un lugar central en las explicaciones sobre el origen de la humanidad. Formulada en el siglo XIX a partir de planteamientos de Charles Darwin y retomada en el siglo XX por antropólogos como Irving DeVore y Richard Lee, esta perspectiva sostuvo que la caza fue uno de los principales motores de nuestra evolución. Según este modelo, los hombres salían a cazar, fabricaban herramientas, desarrollaban estrategias y cooperaban entre sí, dando forma a rasgos clave de la vida social y cognitiva humana. Sin embargo, esta narrativa no es neutral. Fue construida a partir de una mirada que se sostenía de una serie de supuestos hoy cuestionables. El primero —y quizás el más profundo— tiene que ver con su anclaje histórico. La arqueología se constituyó como disciplina en el siglo XIX, en pleno auge de la burguesía industrial europea. No es casual que quienes excavaban, encargados de clasificar e interpretar los hallazgos, fueran mayoritariamente hombres formados en un contexto sociopolítico que exaltaba la competencia, el progreso lineal y la centralidad del varón como agente productivo y proveedor.
Estas nociones se proyectaron sobre la interpretación de la prehistoria, condicionando en buena medida las formas en que se pensó y representó el pasado remoto. A partir de este primer sesgo histórico se articularon otros supuestos centrales. Por un lado, la creencia de que la fuerza física era la principal ventaja para sobrevivir y que las diferencias físicas justificaban distintas posiciones sociales; por otro, una interpretación de la tecnología como una extensión casi exclusiva de la fuerza masculina y de la figura del cazador como agente central del cambio evolutivo. A estos se suma un cuarto supuesto: una lectura del cuerpo —en particular del cuerpo femenino— centrada casi exclusivamente en la reproducción y desligada de sus dimensiones culturales y simbólicas. Estos supuestos serán abordados con mayor detalle en las siguientes secciones.
Desde la década de 1970, esta visión comenzó a transformarse. La arqueología entró en una nueva etapa al adoptar con mayor claridad un enfoque evolutivo y al dialogar de manera más estrecha con el estudio científico de los primates, la primatología (y más tarde con la genética, pero esa es otra historia), lo que permitió estudiar la conducta social desde una visión comparativa y de largo plazo. Se iniciaron estudios de seguimiento a largo plazo en grupos de primates, se amplió el espectro de especies observadas y, por primera vez, mujeres lideraron proyectos de campo, incorporando de manera sistemática a hembras y crías en el análisis del comportamiento social. En este contexto emergieron figuras clave como Biruté Galdikas, Dian Fossey y Jane Goodall, impulsadas por el paleoantropólogo Louis Leakey. Sus investigaciones mostraron que las sociedades de orangutanes, gorilas y chimpancés eran mucho más complejas de lo que se había supuesto. Gracias al trabajo pionero de Jane Goodall, sabemos hoy que los chimpancés —nuestros parientes más cercanos— cazan de manera cooperativa y que las hembras también participan activamente, no sólo observan. Como ella misma escribió en sus diarios de Gombe, “el conocimiento detallado de su conducta permitiría al ser humano comprenderse mejor a sí mismo” [1]. Como señalaba Dian Fossey, “aunque ninguno de los grandes antropomorfos es un antecesor directo del ser humano, observar su comportamiento resulta fundamental, precisamente porque —a diferencia de los huesos, los dientes o las herramientas— el comportamiento no se fosiliza” [2].
La primatología, en este sentido, se convirtió en una aliada clave para cuestionar los supuestos heredados y abrir nuevas formas de pensar nuestros orígenes. Más allá de la fuerza física: cooperación y cuidado Pasemos al segundo supuesto: la idea de que la fuerza física fue uno de los principales recursos para enfrentar los desafíos de la vida prehistórica y que, en consecuencia, las diferencias corporales debían reflejar desigualdades sociales. Esta asociación entre fuerza, valor adaptativo y poder social ha sido ampliamente naturalizada, pese a que la evidencia arqueológica, etnográfica y biológica muestra un panorama distinto. La vida de los grupos humanos tempranos se sostuvo en una combinación de habilidades: resistencia, cooperación, conocimiento del entorno, cuidado de las crías y de las personas mayores, así como la transmisión de saberes.
Cuando observamos con mayor atención las capacidades implicadas en la subsistencia, el énfasis exclusivo en la “fuerza explosiva” resulta limitado. Actividades centrales para los grupos de cazadores-recolectores —como la caza por persistencia, la recolección a larga distancia o la movilidad constante— requerían, más que fuerza de corta duración, resistencia, eficiencia energética y coordinación social. En este punto, el cuerpo femenino ofrece claves importantes para repensar estos supuestos. Investigaciones recientes, como las desarrolladas por Sarah Ocobock, muestran que el metabolismo y las hormonas influyen de manera decisiva en el rendimiento físico de las mujeres, dando lugar a la hipótesis de la “mujer cazadora”. En promedio, las mujeres presentan una mayor proporción de fibras musculares tipo I, metabolizan con mayor eficacia las grasas y muestran una termorregulación más estable durante ejercicios de resistencia. Además, el estrógeno favorece la eficiencia metabólica al mejorar el uso del oxígeno y de los ácidos grasos como fuente de energía. Estas características no operaban de forma aislada, sino en contextos profundamente sociales. No sólo hacían compatible la participación femenina en actividades como la caza, sino que en muchos casos pudieron representar una ventaja en tareas clave para la subsistencia colectiva. Desde esta mirada, la arqueología nos invita a cuestionar la idea de que la fuerza física, entendida de manera estrecha, haya sido un rasgo decisivo de nuestra evolución.
Reescribir la prehistoria no implica únicamente “incluir a las mujeres”, sino revisar qué prácticas y capacidades hemos considerado centrales al contar nuestra historia como especie. Nuestra supervivencia dependió tanto de la cooperación y el cuidado como de la caza o la fabricación de herramientas. Un ejemplo particularmente claro de ello es el de la anciana de Dmanisi, en el Cáucaso, datada en hace aproximadamente 1.77 millones de años. Pertenecía al género Homo —probablemente Homo erectus— y murió con más de 40 años, una edad avanzada para su tiempo. Lo más notable es que había perdido todos sus dientes y, aun así, sobrevivió durante varios años más, algo que sólo fue posible gracias al cuidado del grupo: alimentos preparados, probablemente masticados previamente, y apoyo constante.
En esos pequeños clanes de los inicios de la humanidad ya estaban presentes: la empatía y la compasión, entendidas como la capacidad, compartida con algunos antropoides, de reconocer en los otros, estados mentales y emocionales similares a los propios y actuar en consecuencia [3]. Por ello, la anciana de Dmanisi se ha convertido en uno de los ejemplos más tempranos y claros de longevidad y de cuidado social en la historia humana.
Like a Rolling Stone: tecnología, movimiento y cambio
El tercer supuesto que es necesario revisar tiene que ver con la tecnología y su papel en la vida prehistórica. Durante mucho tiempo, las herramientas de caza —puntas de proyectil, armas arrojadizas o propulsores— fueron interpretadas como extensiones directas de la fuerza física masculina. Sin embargo, la evidencia arqueológica muestra que la tecnología no sólo amplificó capacidades corporales, sino que transformó de manera profunda las condiciones de participación en la caza. El desarrollo de tecnologías de proyectil, como las puntas líticas y el atlatl, redujo la dependencia de la fuerza corporal directa y favoreció habilidades como la precisión, la coordinación, el conocimiento de las presas, el entorno y la cooperación. Estas tecnologías no se limitaban al momento del disparo: implicaban la búsqueda y selección de materias primas, la manufactura y el ensamblaje de herramientas, su uso efectivo en la caza y el procesamiento de presas, así como el mantenimiento, la reparación y la transmisión de conocimientos técnicos dentro del grupo. Los hallazgos funerarios proporcionan evidencias contundentes de esta transformación, particularmente en poblaciones tempranas de América.
Estudios recientes muestran que mujeres y hombres fueron enterrados con tecnología de caza, y que las mujeres participaron habitualmente en la caza de grandes presas, representando hasta un 50 % en algunos contextos. La evidencia tecnológica, etnográfica y experimental refuerza esta interpretación: las mujeres muy probablemente participaron en todas las fases de la organización tecnológica y no se observan diferencias significativas en el uso de tecnologías como los lanzadores. Estos datos sugieren que la tecnología prehistórica hizo que las capacidades físicas importaran menos, favoreciendo una división del trabajo que se adaptara al contexto ecológico y cultural, más que a roles predeterminados.
En el caso de las llamadas Venus del Paleolítico ––pequeñas estatuillas femeninas talladas en marfil, hueso, piedra o barro, realizadas entre hace aproximadamente 45.000 y 10.000 años, como las de Hohle Fels, Willendorf, Lespugue o Brassempouy––, durante mucho tiempo se pensó que eran simples símbolos de fertilidad. Hoy sabemos que esa explicación se queda corta. De hecho, la gran mayoría retrata mujeres en distintas etapas de la vida adulta —jóvenes, adultas y mayores— y sólo unos pocos casos aluden a embarazos. Además, los cuerpos que muestran son muy diversos: algunos delgados, otros robustos, incluso con obesidad marcada. Esta variación no parece casual, sino que se relaciona con contextos ambientales específicos, como los periodos glaciares, lo que sugiere que estas figuras podían simbolizar supervivencia, fortaleza, longevidad y valor social, más que fertilidad en un sentido estricto. Otro detalle clave es la presencia de vestimentas y adornos hechos con fibras vegetales, representados con gran cuidado. Estos elementos relacionan a las Venus con tecnologías textiles y con actividades importantes, tradicionalmente realizadas por mujeres, y apuntan a su relación con prestigio y reconocimiento social.
Todos estos hallazgos indican que las Venus paleolíticas no eran simples objetos decorativos; más bien formaron parte de sistemas simbólicos complejos que vinculaban cuerpo, ritual, tecnología, clima y vida social. Así pues, constituyen una de las evidencias más tempranas de que, desde el Paleolítico, las sociedades humanas comenzaron a pensar el género como categoría simbólica —más allá de la reproducción— para expresar su propia cultura y agencia. Quizás las mujeres prehistóricas no dejaron su nombre grabado en piedra, pero sí dejaron sus huellas en la forma en que seguimos sosteniendo la vida.
El problema es que durante siglos no supimos —o no quisimos— leerlas. Cuando una maestra o maestro le dice a una niña que las mujeres no cazaban, no está repitiendo un dato arqueológico: está transmitiendo una historia construida sobre supuestos que la propia ciencia ha comenzado a desmantelar. Revisar el pasado no es un ejercicio nostálgico; es una forma de preguntarnos qué historias seguimos contando hoy, a quiénes incluimos en ellas y qué roles damos por sentado cuando quizás no lo son.
Referencias
[1] Goodall, J. (2023) A la sombra del hombre. Alianza Editorial.
[2] Fossey, D. (2019). Gorilas en la niebla. Pepitas de calabaza Ed.
[3] Mercadillo-Caballero, R. (2007). La compasión en la naturaleza humana. En Platas-Neri, D. y Serrano-Sánchez, C. (Eds). ENCUENTRO: HUMANOS-Naturaleza-PRIMATES. Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM. pp. 13-26.
Para saber más
Bebber, M.R., Buchanan, B., Eren, M.I. et al. Atlatl use equalizes female and male projectile weapon velocity. Sci Rep 13, 13349 (2023). https://doi.org/10.1038/s41598-023-40451-8
Genovés, S. (1960). “Revaluation of Age, Stature and Sex of the Tepexpan Remains”, American Journal of Physical Anthropology, vol. 18, núm. 3.
Høgh-Olesen, H. (2025). The Venus figurines of the Upper Paleolithic as sexual power objects: The first fetishing of the female body in human imaginative culture. Evolutionary Behavioral Sciences, 19(1), 14–27. https://doi.org/10.1037/ebs0000341
Johnson, R. J., Lanaspa, M. A., & Fox, J. W. (2020). Upper Paleolithic figurines showing women with obesity may represent survival symbols of climatic change. Obesity, 28(7), 1192–1199. https://doi.org/10.1002/oby.23028
Lacy, S., & Ocobock, C. (2024). Woman the hunter: The archaeological evidence. American Anthropologist, 126(1), 19–31. https://doi.org/10.1111/aman.13914
Platas-Neri, D. (2007). La hipótesis de la caza en los modelos primatológicos. En J. Martínez & V. Aréchiga (Eds.), En busca de lo humano. Ciencia y filosofía (pp. 133–156). Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.
Soffer, O., Adovasio, J. M., & Hyland, D. C. (2000). The “Venus” figurines: Textiles, basketry, gender, and status in the Upper Paleolithic. Current Anthropology, 41(4), 511–537. https://doi.org/10.1086/317381
The Leakey Foundation. (2023, 22 de septiembre). Woman the hunter: Entrevista con la Dr. Cara Ocobock [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=FziUwZLE3qA
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