La quimera bilingüe
ser humano
Por Michelle Denise Olvera Hernández
25/08/2026
Do I contradict myself?
Very well then I contradict myself,
(I am large, I contain multitudes.)
Walt Whitman
La incoherente forma desaparece y la palabra queda, para significar lo imposible.
Jorge Luis Borges
Cuando pienso en cómo aprendí mi segunda lengua, esa voz ajena y extranjera que también nace de mí, inevitablemente vuelvo a Irene, mi amiga de la infancia. Conocí a Irene un verano en que mi madre y yo fuimos de visita a la casa de mi tía Ana en Laredo. Su familia también era mexicana, pero ella nunca había vivido en México y, a diferencia de mí, había aprendido tanto español como inglés desde pequeña. Recuerdo que nos hicimos amigas casi de inmediato. Juntas pasábamos las tardes molestando a los caracoles que se amontonaban en la entrada de su casa, buscando rocas con formas extrañas y trepando los pocos árboles que sobrevivían al calor extremo de julio.
Aunque éramos inseparables, existía, sin embargo, una pequeña diferencia entre nosotras: Irene era mayor que yo y, como suele ocurrir en la infancia, la ventaja de la edad la convertía en una tirana de los juegos y, sobre todo, de las palabras. Cuando se molestaba conmigo comenzaba a hablar en inglés con los demás niños de la cuadra, una lengua secreta e inalcanzable todavía para mí. Y yo, llena de rabia y vergüenza, le decía que sí entendía lo que decía, mientras trataba de imitar sin mucho éxito las sonidos que salían de su boca.
Al regresar a México ese verano, comencé a estudiar inglés por mi cuenta, hasta que un día llegué a dominarlo muy bien. Me gusta creer que fue en aquel territorio infantil donde surgieron mis primeros indicios de una conciencia lingüística en otro idioma. Porque Irene no solo me motivó a aprender una segunda lengua, sino que, sin quererlo, provocó en mí cambios sorprendentes que, hasta el día de hoy, siguen transformando a mi presente y a mi cerebro.
Coexistencia: dos lenguas en un mismo cerebro
Es increíble pensar que mucho antes de nacer ya somos afines a nuestra lengua materna, y que, después llegar al mundo, continuamos atraídos a sus formas, sus ritmos y sus peculiaridades. Es aún más sorprendente, que desde pequeños somos capaces de detectar y aprender las regularidades que la caracterizan de forma casi instintiva, a pesar de ser un proceso sumamente complejo, experiencial y dinámico. En general, durante el proceso de aprendizaje de nuestra lengua buscamos pistas que orienten nuestro trayecto en el intricado vaivén de posibilidades lingüísticas, como las diferencias rítmicas y las frecuencias con que ciertos sonidos aparecen juntos. Todo esto nos permite dividir el flujo continuo del habla en unidades que corresponden a palabras y más tarde a conceptos abstractos [6]. Pero ¿qué ocurre cuando nos vemos expuestos no a una, sino a dos lenguas distintas desde el principio? Los bebés bilingües deben aprender simultáneamente los patrones y posibilidades de ambos sistemas lingüísticos [2]. Esto requiere diferenciar y comprender que ciertas palabras pertenecen a universos del lenguaje diferentes: a veces semejantes de algún modo, como el español y el inglés; otras, profundamente distantes, como el náhuatl y el chino mandarín. También conlleva asumir a ambas lenguas como propias, como lenguas nativas que coexisten.
El desarrollo lingüístico de los bebés bilingües despierta otra pregunta muy interesante: ¿construye el cerebro bilingüe desde el inicio un único sistema lingüístico o desarrolla, por el contrario, dos sistemas diferentes capaces de influirse mutuamente o incluso de funcionar de manera independiente? Hoy en día, la perspectiva más aceptada sostiene que las lenguas no se almacenan como sistemas separados, sino como parte de una red única, interconectada y dinámica, en la que ambas interactúan, compiten y permanecen activas de manera simultánea. Aunque este tipo especial de coexistencia implica un mayor esfuerzo cognitivo, las personas bilingües desarrollan un sistema de control especializado que les permite seleccionar la lengua más adecuada en cada situación. La activación simultanea de ambas lenguas tampoco es estática, sino que se adapta continuamente a la experiencia del hablante, a sus expectativas e intenciones comunicativas y a las señales acústicas particulares de cada idioma [10]. A Irene, por ejemplo, a veces le resultaba tan fácil alternar entre el español y el inglés dentro de una misma conversación y, en otras ocasiones, no encontraba la palabra adecuada ni en una lengua ni en la otra, como si dentro de ella se estuviera llevando a cabo una batalla épica de consecuencias lingüísticas.
Lo que me parece aún más fascinante es que, a pesar de que ambas lenguas están fuertemente entrelazadas en el cerebro, los bebés bilingües son capaces de discriminar sus intrincadas particularidades lingüísticas desde muy temprana edad, al menos en lo que respecta al nivel fonológico [5]. De hecho, estudios científicos recientes han demostrado que los recién nacidos reconocen y prefieren las lenguas a las que estuvieron expuestos antes de nacer y que, incluso, su cerebro responde o se activa de manera diferente ante su lengua materna en comparación con una lengua desconocida [8; 9]. Es como si, al adquirir una lengua, también adquirieran un superpoder para percibir sus sutiles diferencias acústicas.
Podría decirse que la coexistencia de dos lenguas en un mismo cerebro convierte a toda persona bilingüe en una especie de quimera, en la que ambos sistemas lingüísticos conviven sin perder su singularidad. Al mismo tiempo, esta convivencia particular revela una forma temprana de conciencia lingüística que puede incidir en nuestra manera de interactuar con el mundo desde etapas iniciales del desarrollo y, sobre todo, sugiere que continúa haciéndolo a lo largo de toda la vida.
Transformación: una posesión lingüística
En su libro The Bilingual Brain, Albert Costa dice que definir el bilingüismo es como intentar acertar a un blanco en movimiento, pues las definiciones tradicionales suelen ser tan amplias que pierden utilidad o tan restringidas que dejan fuera muchos casos. Por ello, resulta más conveniente visualizarlo como un continuum con diferentes variables y no como un grupo perfectamente homogéneo y diferenciado [3]. Si me preguntaran, añadiría también que ser bilingüe es como estar poseído por una lengua extraña y mística que, sin embargo, también nos pertenece. Y aunque esta definición pueda parecer exagerada o más cercana a la ficción, existen experiencias reportadas en la vida real que encajan perfectamente con esta descripción [5]. Como nos cuentan Eghzawi, Madha y Aburashed, “el síndrome del idioma extranjero” se caracteriza precisamente por la pérdida parcial o completa de la lengua materna, mientras que la segunda lengua pasa a convertirse, de manera temporal e involuntaria, en la lengua dominante. Este cambio puede producirse tras una lesión cerebral, como una afasia, un infarto cerebral o un trauma, e incluso, puede surgir después de una anestesia general o como consecuencia de estrés psicológico. Además, su duración puede variar desde unos minutos hasta horas o años, dependiendo del caso [4].
El síndrome del idioma extranjero convierte al individuo en el huésped de una aparición lingüística abrupta y fantasmal. Nos lleva también a considerar otro tipo de experiencia lingüística que ocurre cuando una segunda lengua se adquiere después de que la primera ya se ha consolidado, conocida como bilingüismo secuencial. Aunque no existe un punto de corte preciso para diferenciar a los bilingües simultáneos de los secuenciales, sí es posible observar cómo las distintas circunstancias de adquisición influyen en el desarrollo posterior de una lengua [8]. Por ejemplo, recuerdo que a Juan Pablo, el hermano mayor de Irene, le había costado mucho más aprender inglés que a Andrés, el menor. La diferencia probablemente se debía a que Juan Pablo tenía doce años cuando su familia se mudó a Laredo y comenzó a aprender inglés después de haber consolidado el español. Andrés, en cambio, creció expuesto a ambos idiomas desde muy pequeño y casi de manera simultánea.
Así pues, la manera en que la lengua transforma a nuestro cerebro no es igual en todas las personas, sino que está influida por diversos factores, como la edad en la que se aprende la segunda lengua, el nivel de dominio que se alcanza, la frecuencia con la que se utiliza y el contexto en el que ocurre el aprendizaje [8]. Estas cambios, además, adquieren especial relevancia al considerar que poseer —o ser poseído por— otra lengua puede estar asociado con beneficios que se extienden a lo largo de la vida. Entre ellos se encuentran una mayor capacidad del cerebro para reorganizarse tras ciertas alteraciones neurológicas, como se ha observado en algunos casos de afasia bilingüe, así como un posible retraso en la aparición de síntomas de enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer [3].
El bilingüismo secuencial, por tanto, nos revela que la segunda lengua y la lengua materna se comunican mutuamente, y sugiere que aprender otra lengua puede generar cambios neuronales y cognitivos que reflejan una adaptación muy particular. Después de todo, ser bilingüe implica vivir un sinfín de experiencias distintas, cuyas dimensiones moldean de muchas maneras a nuestro quimérico y fantasmal cerebro bilingüe.
Estigma: el monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente
Aprender una segunda lengua puede ser un proceso arduo y complicado, pero también divertido e inconsciente. Quizás algunos fueron motivados por su propia Irene; otros, en cambio, porque así lo exigía la escuela o porque simplemente querían comprender lo que decían sus cantantes favoritos. Sea como sea, lo cierto es que no existe una persona bilingüe (o multilingüe) que haya adquirido su segunda lengua exactamente de la misma forma que otra. Y es esta misma diversidad la que nos recuerda que aún queda mucho por descubrir sobre cómo las lenguas influyen en nuestros procesos mentales y contribuyen a la construcción de nuestra identidad, tanto individual como colectiva.
Si consideramos que aprender una segunda lengua no es un proceso aislado, sino que está profundamente inscrito en contextos socioculturales e interpersonales, podemos reconocer que las motivaciones para aprenderla pueden también estar condicionadas por esos mismos factores. Las políticas de asimilación lingüística de cada país y los estereotipos que se construyen en torno a las distintas lenguas influyen en el deseo y en las oportunidades de aprender un nuevo idioma. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se impone una única lengua nacional en un país lingüísticamente diverso o se sostiene la creencia de que una lengua es superior a otra únicamente por pertenecer a un país con mayor desarrollo económico [7].
Sin embargo, los mecanismos de asimilación lingüística no siempre son fáciles de reconocer, pues pueden adoptar muchas formas, incluso tener cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. En contextos migratorios, por ejemplo, los padres pueden desincentivar a sus hijos para que aprendan su lengua materna con el fin de facilitar su aceptación dentro de la cultura dominante, como ocurre actualmente con el español en Estado Unidos [7]. A su vez, la actitud negativa hacia la adquisición de otra lengua puede estar relacionada con la creencia de que el bilingüismo ocasiona retrasos en el desarrollo del lenguaje o confusión mental, ideas que desde hace tiempo han sido ampliamente refutadas. En otros escenarios, ni siquiera se reconoce que el bilingüismo constituye una vivencia común entre sus habitantes. Como nos dice Yásnaya Elena A. Gil, una gran parte de la población indígena en México es bilingüe [1], pero esta realidad suele permanecer invisibilizada dentro del imaginario social.
La presión por adoptar una lengua dominante, la discriminación hacia sus hablantes y la falta de espacios para aprender, usar y preservar la lengua materna refuerzan los estigmas asociados a ciertas lenguas, especialmente aquellas que forman parte de comunidades minoritarias. Con el tiempo, estos procesos pueden alimentar la erosión de la diversidad lingüística y poner en riesgo la transmisión de estas lenguas, junto con la identidad de quienes las hablan.
Tal vez el primer paso para superar los prejuicios asociados a una lengua sea comprender cómo esta nos transforma y nos resignifica constantemente. En mi caso, aprender una segunda lengua me permitió entender mejor a Irene y su familia, así como la cultura que acompaña a su idioma; descubrir nuevas formas, mediadas por el lenguaje, de percibir la realidad y cultivar una mayor empatía hacia quienes viven y se expresan en una lengua distinta de la materna. Al fin y al cabo, las huellas quiméricas de esa segunda lengua también pueden rastrearse en nuestra propia configuración mental y social, hasta llevarnos a reconocer que nosotros mismos contenemos multitudes; que somos, en el fondo, un territorio donde convergen distintas maneras de nombrar y habitar el mundo.
Referencias
[1] Aguilar Gil, Y. E. (2022). Ää: Manifiestos sobre la diversidad lingüística (2.ª ed.). Almadía.
[2] Byers-Heinlein, K., Burns, T. C., & Werker, J. F. (2010). The Roots of Bilingualism in Newborns. Psychological Science, 21(3), 343–348. https://doi.org/10.1177/0956797609360758
[3] Costa, A. (2021). The bilingual brain: And what it tells us about the science of language. Penguin Books.
[4] Eghzawi, A., Madha, A., & Aburashed, R. (2025). Foreign Language Syndrome: Neurological and Psychiatric Aspects. Neurology International, 17(8), 122. https://doi.org/10.3390/neurolint17080122
[5] Garcia, A. M., Egido, J. A., & Barquero, M. S. (2010). Mother tongue lost while second language intact: insights into aphasia. BMJ Case Reports, 2010, bcr0720092062. https://doi.org/10.1136/bcr.07.2009.2062
[6] Hoff, E. (2014). Language development (5th ed.). Wadsworth Cengage Learning.
[7] Ramírez-Esparza, N., García-Sierra, A., & Jiang, S. (2020). The current standing of bilingualism in today’s globalized world: A socio-ecological perspective. Current Opinion in Psychology, 32(32), 124–128. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2019.06.038
[8] René, A., Caron-Desrochers, L., Tremblay, J., Vannasing, P., Roger, K., Fourdain, S., Petitpas, L., Taillefer, C., Boucoiran, I., Gervain, J., Paquette, N., & Gallagher, A. (2025). Prenatal linguistic exposure shapes language brain responses at birth. Communications Biology, 8(1). https://doi.org/10.1038/s42003-025-08594-8
[9] Ortiz-Barajas, M. C. (2024). Predicting language outcome at birth. Frontiers in Human Neuroscience, 18. https://doi.org/10.3389/fnhum.2024.1370572
[10] Yeh, C., Rowland, C. F., & Pereira Soares, S. M. (2026). How bilingualism influences language processing in the developing brain: a systematic review of the neurobiological evidence. Developmental Review, 80, 101262. https://doi.org/10.1016/j.dr.2026.101262
Vórtice, es una revista de publicación continua digital editada por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), a través de la Dirección de Publicaciones y Divulgación, Edificio 59 (Facultad de Artes), Campus Norte. Av. Universidad 1001, Col. Chamilpa, CP 62209, Cuernavaca, Morelos, México. Teléfono +52 777 329 7000, ext. 3815. Correo: revistavortice@uaem.mx. Editora responsable: Jade Gutiérrez Hardt. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2014-070112203700-203, ISSN 2395-8871, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor.
Responsable de la última actualización de este número: Roberto Abad, Av. Universidad 1001, Col. Chamilpa, CP 62209.
Vórtice está incluida en el Índice de Revistas Mexicanas de Divulgación Científica y Tecnológica del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Publica artículos de divulgación relacionados con las ciencias y las humanidades, y textos breves que transmitan el gusto por el conocimiento científico. El contenido de los artículos es responsabilidad de cada autor. Esta revista proporciona acceso abierto inmediato a su contenido, con base en el principio de ofrecer al público un acceso libre a las investigaciones para contribuir a un mayor intercambio global de conocimientos. Se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.



