El enigma de los gigantes del aire (cuento)

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El enigma de los gigantes del aire (cuento)

La Tierra

El enigma de los gigantes del aire (cuento)

En un lejano pueblo llamado Isthmos, que se localizaba en la parte más estrecha del continente, se habían instalado molinos de viento para generar electricidad. Era una propuesta de un grupo de empresarios que se autonombraban “la junta de las renovables”. Ellos habían acordado con el gobierno venderle la electricidad que los molinos producían.

 

Adrián, el presidente municipal, le había encargado a su compadre Miguel encender la luz en el pueblo, pues lo consideraba responsable y buen trabajador. El compadrazgo nada tuvo que ver en la decisión de ponerlo al frente de la Comisión de Iluminación; las decisiones en el pueblo se tomaban con congruencia y atino.

 

Un día, la junta de “los renovables” correteó a Miguel por varias cuadras, al ver un aviso de clausura de sus rehiletes (ellos les llamaban “aerogeneradores”). Miguel, sudoroso, logró resguardarse en el palacio del Ayuntamiento, en donde atendía el presidente todas las mañanas. Estuvieron a punto de agarrarlo.

 

–Pero cálmate, Miguel, platícame qué pasó –dijo Adrián.

 

–Les paré sus rehiletes; ahora sólo usaremos la planta de luz, no le hace que tengamos que comprar más gasolina. Nos sale más barato. Les clausuré el switch con un listón.

El enigma de los gigantes del aire (cuento)

–No entiendo, Miguel, ¿por qué hiciste eso?

 

–A la planta de luz sólo le echamos más gasolina, ahí hay mucha en el tanque, pero a los rehiletes no les podemos echar viento; los de la junta no entienden que tienen que buscar una forma de adivinar la hora y la velocidad a la que va a soplar el viento, ¡y además avisarme!

 

–Pero, Miguel, cómo van a adivinar eso. El aire sopla, se interrumpe y luego vuelve a soplar, así funciona, es intermitente.

 

Miguel se sorprendió del conocimiento de Adrián. Entendía de qué estaba hablando. Sólo no le checaba el último término, pero la palabra le sonó familiar: “Termitente, intermitente… mmm, debe ser algo de las termitas”, pensó.

 

El problema al que se refería Miguel era que, en el contrato entre el pueblo y la junta de los renovables, no se especificaba que el gobierno les tenía que pagar las horas en las que no soplaba el viento, pero la planta de luz sí se usaba; la junta alegaba que los aparatos les habían salido muy caros y alguien los tenía que pagar.

 

–El viento es de nosotros, compadre –dijo Miguel.

 

–No, compadre, se le llama “viento” a los gases de la atmósfera que circulan a nuestro alrededor y, como la atmósfera es un bien público, pues es de todos, pero el terreno que les prestamos para que pusieran sus rehiletes es nuestro.

 

–Sí, compadre, del pueblo.

 

–No, Miguel, nuestro –Adrián pensó en la tía que se lo prestaba–, y la renta es poca.

 

*

 

Al no alcanzar a Miguel, los de la junta (algunos integrantes del Isthmos y del pueblo contiguo llamado Winds City y más gente del pueblo que se ubicaba pasando el lago grande llamado Duris) se habían reunido en el hotel más lujoso de la región y se quejaban:

 

–¿Cómo vamos a adivinar la hora y la velocidad a la que va a soplar el viento?, es una locura.

 

–Podemos predecir a qué hora saldrá el sol mañana, la temperatura de mañana, incluso si puede llover, pero, ¿el viento? ¡Mejor vámonos a nuestros pueblos! –gritó Venancio.

 

–¡Sí, vámonos! –secundó Mr. John con su acento extranjero–, pero que nos paguen lo que nos gastamos.

 

El plan de la junta había tenido una buena intención: que el pueblo dejara de usar poco a poco la gasolina que le ponían a la planta de luz, pues ésta contamina la atmósfera, y que a las horas en que soplara el viento, éste moviera las hélices de los aerogeneradores y se produjera electricidad.

 

La energía eléctrica generada con el viento sólo correspondería a un porcentaje del total de la energía que necesitaba el pueblo, es decir, la energía eólica sería complementaria, así se limitaría el uso de la planta de luz y en consecuencia disminuiría la contaminación y todos estarían contentos.

 

*

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En el pueblo había varios casos de dengue que preocupaban a Adrián. Anteriormente, los murciélagos de la zona controlaban la plaga de moscos, pero ahora aparecían muertos al lado de los aerogeneradores, debido a que chocaban con las aspas en movimiento. No sólo aparecían murciélagos sin vida, sino también aves.

 

La junta tenía razón: solían decir que además de que los aerogeneradores producen electricidad, “corrían a los vampiros” con su hélice de tres álabes en forma de cruz.

 

Otro detalle que notaba Miguel es que cuando los rehiletes estaban funcionando, no se podía conversar con otra persona, zumbaban mucho, razón por la cual algunos pobladores cercanos al campo en donde se encontraban los molinos –‘campo eólico’, le llamaban los de la junta– tenían problemas para oír. Doña Cleta fue una de las afectadas. Ella trabajaba como “oreja” de Miguel en el pueblo y, a causa de la sordera que estaba sufriendo, había perdido su empleo. Además, decían que también perdió el sueño. El ruido producido por los aerogeneradores se escuchaba más por la noche, por la calma nocturna.

 

Los ingenieros al servicio del Ayuntamiento explicaban que era por el ruido de baja frecuencia que emiten los aerogeneradores, pero que no todos lo escuchaban y menos entendían el hecho de que hubiera sonidos que “no se escucharan”. El ruido de baja frecuencia es un sonido cuya frecuencia sólo es perceptible para una parte de la población, es una capacidad auditiva, sin embargo, es molesta para los que lo escuchan y ningún protector de oídos es eficaz.

 

A pesar de que Miguel no era experto en los temas de la luz, sí tenía mucha experiencia en puestos políticos y analizaba las situaciones. Se atrevió a desafiar los pensamientos de todos los pueblos de la región y de otras regiones.

 

“Desde que se pusieron los rehiletes no ganamos dinero adicional”, pensaba, “lo que nos pagan los de la junta lo gastamos en gasolina y hasta le ponemos. Debo mantenerme firme en la decisión; si no hay alternativa, haremos otro pozo para sacar más gasolina y, en una de esas, acabamos con la dependencia de energía que el pueblo tiene”.

 

*

 

En un cerro alejado del pueblo, en una humilde choza, vivía un ermitaño llamado Cheolo. Él tenía encanto por la naturaleza, especialmente apreciaba los momentos en los que soplaba el viento. Le gustaba quitarse los zapatos después de una larga caminata y que el viento refrescara sus pies. Cheolo era un catedrático retirado, le gustaba el campo, tener una vida sana y humilde; aparte de ver los partidos del América, se había dedicado toda su vida a estudiar meteorología, él sabía cosas del viento.

 

Cheolo sabía que, para poder instalar un campo eólico, la velocidad del viento tiene que ser superior a los 5 m/s, pero en promedio anual. También sabía que se tendrían que instalar varios equipos para medir las velocidades del viento, llamados anemómetros, y finalmente, medirlas por lo menos un año, pues el viento sopla a diferentes velocidades en cada estación. En el pueblo y sus alrededores soplaba mucho el viento después de las tres de la tarde, por eso eligió ese lugar para construir su choza en la planicie, donde la hierba estaba muy inclinada y los árboles tenían una deformación muy exagerada (el tronco del árbol y sus ramas estaban parcialmente inclinados), señal de que los vientos eran intensos y persistentes.

 

Además de conocer todo lo anterior, también era su orgullo haber visto jugar a Reynoso, Braylovsky y al Cuauhtémoc, jugadores del América (aunque siempre decía que le iba al equipo del pueblo).

 

En la cantina, Cheolo se había enterado de la pelea entre Miguel y la junta de renovables; era vox populi. Las opiniones se dividían: algunos querían los rehiletes, otros lo tradicional y la mayoría quería mejor un equipo de futbol de primera división.

 

“Adivinar el viento”, pensaba Cheolo, “pues Miguel no está alejado de la realidad. El término no es exactamente ‘adivinar’, sino predecir o pronosticar la velocidad del viento. Recuerdo haber leído en Internet que sí se podía hacer eso. Es como hacer un pronóstico de la lluvia, la temperatura o la misma intensidad del viento, como sale en la televisión, sin embargo, cuando se pronostica el viento en lugares específicos, es necesario tomar en cuenta los árboles, las casas, el tipo de terreno y la topografía que rodea al lugar. Buscaré a Miguel”.

 

*

 

En el pueblo, los de la junta de los renovables, específicamente Bombi el panadero, Mart el tendero y Chayo el del Oxxo (por increíble que parezca había un Oxxo), levantaron el switch y los rehiletes volvieron a funcionar. Para hacerlo, rompieron el listón de clausura que Miguel le había puesto.

 

Adrián ya tenía conocimiento del asunto. Realmente estaba preocupado por no haber revisado con detalle el contrato que habían firmado con la junta, y aunque Miguel se había precipitado, sus argumentos eran razonables; ya había mandado llamar a los ingenieros del Ayuntamiento, para que le expusieran con claridad la situación.

 

Al llegar, estos le explicaron que para que en el pueblo no hubiera apagones, la planta de luz debería estar preparada como respaldo (siempre prendida, se usara o no se usara) para sustituir a los aerogeneradores cuando no soplara el viento; lo anterior ocasionaba un gasto del cual la junta de los renovables no se hacía responsable. Esto ocasionó que Adrián oficialmente enviara un comunicado a la junta, con la finalidad de revisar los acuerdos del contrato firmado.

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Cheolo bajó un PDF de Internet a su celular y casi enseguida lo comenzó a leer.

 

¿Cómo planear el despacho de energía eólica? Era el título del libro en el que Cheolo aprendió que era posible predecir la velocidad del viento. Las formas de hacerlo eran diversas, dependían del número de horas que se quisieran predecir (“el horizonte de predicción”). Había predicciones a corto, mediano y largo plazo; para conocer el proceso que se debe implementar para poder predecir la velocidad del viento en un campo eólico. Eso sí, debería de estudiar un montón, pues necesitaría conocimientos de estadística, inteligencia artificial y meteorología.

 

Cheolo entendió que, al hacer predicciones de un fenómeno intermitente, como es la velocidad del viento, el porcentaje de error podría ser alto; a veces el pronóstico del tiempo en la tele no es exacto, sin embargo, pensaba que era mejor tener una forma de predecir, a no tener nada. Decidió buscar a Miguel.

 

Cheolo pensaba que era posible conservar los aerogeneradores, ya que en varios pueblos han sido alternativas importantes para enfrentar el calentamiento global. Pero estaba convencido de que se debería exigir a los de la junta que compraran su equipo de respaldo (o rentarlo al gobierno del pueblo) y que utilizaran las tecnologías más modernas para tener pronósticos de la velocidad del viento de calidad, es decir, con errores en la predicción lo más pequeño posibles.

 

También pensaba que el gobierno del pueblo debería de entender que la tecnología eólica no ha alcanzado un grado de madurez suficiente, que le permita despachar toda la energía de un pueblo por sí misma, pero la ayuda al planeta debía ser prioridad.

 

Cheolo no quería buscar a Miguel en su oficina, era imposible que lo atendiera, por la cantidad de gente que lo visitaba. El sábado fue al menudo de doña Cleta al mediodía, cuando el sol estaba en el zenit, la hora en que calienta con más intensidad el suelo y también los aires. Y encontró a Miguel en pleno almuerzo.

 

–Buenos días, Miguel –dijo Cheolo.

 

Miguel lo vio de reojo y pensó que Cheolo le pediría un taco, o “un alipús para la cruz”.

 

–No traigo lana… Cleta, ¿me fía? –dijo Miguel.

 

–No quiero dinero –se le hizo un nudo en la garganta al Cheolo–. Vengo por otra cosa. Ya sé cómo adivinar la velocidad del viento.

 

“Ya viene bien elevado”, Miguel pensó, “mejor le invito un taco”.

 

–Cleta, dale un menudo y una cerveza al Cheolo –dijo Miguel con ganas de deshacerse de él rápido.

 

–Ya te dije que no quiero tu dinero… pero ponle más carne, Cleta, y la cerveza que sea Bohemia-espetó Cheolo.
La plática fue intensa, fueron varias cervezas que los entretuvieron hasta la madrugada.

 

Terminaron en la cantina de “El chupamirto”. Cheolo explicó todo lo que había visto en sus libros y las posibilidades que él veía de que los aerogeneradores se quedaran en el pueblo, con algunos acuerdos con los de la junta.

 

*

 

Al día siguiente, Miguel fue a buscar a Adrián y le comentó lo que había platicado con Cheolo.

 

–Una plática científica, Adrián, yo no sabía que el Cheolo leía libros de ciencia; pero la idea se me ocurrió a mí.

 

–¿Estás seguro, compadre?, mira que, si nos equivocamos, esos de la junta nos van a dejar en la calle –dijo Adrián.

 

Adrián promovió una reunión con la junta de los renovables, ésta se llevó a cabo en el palacio del Ayuntamiento. El ambiente era tenso: de un lado de la mesa estaban Adrián, Miguel, Cheolo y los ingenieros, dentro de los que destacaba una brillante ingeniera dedicada a las energías renovables de nombre Narda, y del otro lado, los integrantes de la junta de renovables.

 

La conversación la abrió Venancio con un saludo a los presentes. Los integrantes de la junta le hicieron llegar a Adrián los regalos de los productos que vendían: pan, despensas y hasta una hielera. Adrián, incómodo, agradeció los presentes y apuntó:

 

–Amigos de la junta, a nombre de mi pueblo agradecemos el excelente servicio de energía que han brindado con su campo eólico, sin embargo, debido a que los gastos en el pueblo se han incrementado, no será posible seguir apoyando el servicio y, por consiguiente, solicitamos que desocupen los terrenos prestados en donde colocaron sus rehiletes.

 

Los de la junta no esperaban un trato tan amargo y directo.

 

Mr. John llamó a la concordia:

 

–Mr. President, consideramos necesario que el pueblo promueva las energías limpias, el dinero no debe ser un impedimento, nosotros podemos hacer un préstamo y asunto arreglado.

 

–Los rehiletes que trajeron no eran nuevos –dijo Miguel–, matan muchos murciélagos y aves, pero lo más delicado es que, con todo y sus aerogeneradores, tuvimos que tener prendida la planta de luz, porque el viento es intermitente.

 

Miguel lo había logrado, entendió la intermitencia del viento; no sólo eso, Cheolo le explicó que existía otra energía renovable llamada “energía solar”, que también era intermitente.

 

Continuó Miguel:

 

–El pago de la planta de luz corrió a cargo del pueblo, eso no estaba escrito en los contratos, por lo tanto, no valen, se anularán y se tienen que ir del pueblo.

 

El silencio era abrumador. Los de la junta no podían creer lo que estaban escuchando y Venancio intentó nuevamente:

 

–Ya lo dijo Mr. John, señor presidente, lo más importante es que tenemos que salvar el planeta, que los niños y los jóvenes conozcan que existe la posibilidad de generar energía con el viento y también con el sol, además, debemos promover el autoconsumo de energía.

 

Adrián y Miguel hicieron un gesto de desconcierto, el término de “autoconsumo” nunca lo habían mencionado. Narda intervino y con voz baja les dijo:

 

–El autoconsumo eléctrico permite que cualquier persona o empresa, a través de una instalación, fundamentalmente eólica o solar, propia o cercana, produzca electricidad renovable para su propio consumo.

 

Antes que atender al pueblo, el campo eólico instalado proveía de energía en primera instancia a las empresas de las juntas de renovables, es decir, era una especie de autoconsumo para ellos, aunque en éste caso, si había algo de energía para el pueblo.

 

Continuó Venancio:

 

–Los de la junta estamos dispuestos a perder por el bien del planeta y del pueblo, instalaremos la central eólica offshore en el lago y lo llamaremos Isthmos II, sin costo alguno para el pueblo, y la planta de luz se utilizará menos.

 

Ya sin permiso, Narda volvió se dirigió a Miguel y Adrián:

 

–Los aerogeneradores que se instalan en la tierra son llamados comúnmente onshore, que es una expresión inglesa. En el campo de la energía eólica se puede traducir como: “en tierra o terrestre”, por lo tanto, un campo eólico offshore, se puede traducir como “un campo eólico marino”.

 

–Desde que llegó, la junta de renovables produce más electricidad que nuestra planta de luz –dijo Miguel–, no queremos que la suban de precio de repente; además, se llevaron a uno de nuestros mejores ingenieros a trabajar con ustedes, y ya sé Mr. John que el dinero no es problema, por lo tanto, revisaremos los contratos y se hará lo justo, pero se tienen que ir.

 

–Entendemos cuál es la preocupación del gobierno del pueblo ¬–Venancio hizo un último intento–, y queremos seguir siendo amigos. Como muestra de buena voluntad, ofrecemos en venta nuestra planta, con el objeto de que toda la energía sea del pueblo, sin embargo, esperamos un precio justo.

 

Miguel y Adrián se miraron fijamente, era una opción que no tenían contemplada. Solicitaron un espacio a solas para discutirlo, y todos salieron.

 

–Adrián, debemos de comprar la planta –comentó Miguel.

 

–Ya habíamos discutido eso, no más energías intermitentes que dañen animales –dijo Adrián.

 

–Pero con la planta eólica tenemos energía limpia, ya tenemos la planta de luz y recuperaremos toda la energía para el pueblo, así ya no dirán que no ayudamos al planeta –aclaró Miguel.

 

–Si me permite, presidente –intervino Narda–, tengo una amiga de la Universidad, bióloga de profesión, con especialización en zoología, dedicada a las aves; es ornitóloga, podemos llamarla y exponerle el problema.

 

Miguel le dio inmediatamente el celular, Narda llamó a Jane, la ornitóloga.

 

–Instituto de Ornitología, le atiende la Dra. Jane.

 

–Amiga, habla Narda.

 

–Nardita, qué gusto, justo estaba pensando en ti, en tus energías renovables, ¿cuándo me visitas?

 

–Muy pronto, amiga, estoy en una reunión con el presidente de mi pueblo, quien te manda saludar. Te llamo porque hay una emergencia, las aves están chocando con las aspas de los aerogeneradores y están muriendo, lo mismo ocurre con los murciélagos.

 

–¡Quítenlos inmediatamente! –le gritó Jane alterada imaginando la escena.

 

–Lo siento, amiga, eso no puede ser posible por el momento.

 

Jane, un poco molesta, entendió que debería de ofrecer otras opciones, ella amaba a las aves y algo tenía que hacer.

 

–Pinten una pala de color negro, en contraste con las otras dos de color blanco, eso reducirá en gran medida el choque de las aves con los álabes. Para los murciélagos se están desarrollando drones que emiten señales que deben ser captadas por estos, sin embargo, la tecnología aún no se ha terminado de desarrollar, pero te mando el teléfono de los investigadores para que los apoyen, y por favor, antes de poner sus rehiletes, investiguen las rutas que siguen mis animalitos y eviten poner un campo ahí.

 

–Así será, amiguita, muchas gracias por compartir tus conocimientos.

 

*

 

Los argumentos de Miguel y las aportaciones de Jane eran convincentes. Adrián los aceptó.
Al reanudarse la reunión, el primero en intervenir fue él:

 

–Nos gusta la propuesta, debemos convenir el precio.

 

–Todo el apoyo del gobierno de mi pueblo –dijo Mr. John–, la más amplia cartera de préstamos con los intereses más bajos del mercado a su disposición; el pueblo no se debe descapitalizar.
Venancio entendió la buena oportunidad que tenía de vender una planta de media vida.

 

–El precio será el justo y nuestros contadores le harán llegar la cantidad.

 

La reunión terminó con porras, un gran abrazo entre Adrián y Venancio. El periódico del pueblo publicó al otro día: “Ambas partes ganan: el diálogo y la buena voluntad lo puede todo, tenemos energía limpia”.

 

Adrián y Miguel quedaron bien con el pueblo por el momento, y Cheolo siguió disfrutando del menudo que se ganó cada mes, cortesía de Miguel.

 

Cleta tuvo un nuevo empleo, pues como no oía bien, Miguel la empleó en su oficina.

 

Los arreglos que se hicieron a los aerogeneradores permitieron la disminución en la muerte de aves y murciélagos y las plagas disminuyeron.

 

El pueblo volvió a la normalidad, hasta la noche en que Bombi el panadero llegó a su bodega con un camión lleno de espejos grandes; le habían dicho que los espejos estaban hechos de algún material similar al silicio y que cuando les pegaba el sol generaban electricidad. Los instaló en la azotea de su establecimiento y empezó a generar electricidad para autoconsumo, sin embargo, le sobraba una buena cantidad de energía y empezó a vendérsela a Mart y otros vecinos que tenían su negocio cerca de él.

 

No tardó en correrse la voz y llegar a oídos de Miguel, quién inmediatamente comenzó a investigar lo sucedido. Entendía el autoconsumo, pero no estaba convencido de que se pudiera vender la energía sobrante sin avisar a las autoridades del pueblo, por lo que comenzó a investigar, no haría nada hasta no platicar con sus expertos, el Cheolo, Narda y la Dra. Jane. Había llegado la energía solar al pueblo.

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Referencias


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Guerrero, F. G. R. (2017). Impactos a la biodiversidad por parques eólicos en el noreste de México. Política, Globalidad y Ciudadanía, 3(6), 41-41.

Gutiérrez, A., Santoro, P., Nunes, V., & Cataldo, J. Despacho de parques eólicos: primeros avances sobre predicción de corta duración. (2008). Presentado en el 7o Encuentro de Energía, Potencia, Instrumentación y Medidas de IEEE.

José Antonio Carta González, Roque Calero Pérez, Antonio Colmenar Santos, Manuel-Alonso Castro Gil. (2009). Centrales de Energías Renovables, Generación Eléctrica con Energías Renovables. España: Prentice Hall.

José Roldán Viloria. (2008). Fuentes de Energía. España: Learning Paraninfo, S.A.

Juan Carlos Vega de Kuyper, Santiago Ramírez Morales. (2014). Fuentes de Energía, Renovables y No Renovables. Aplicaciones. México: Alfaomega Grupo Editor, S.A. de C.V.

Marina García, R. (2011). Infrasonido y ruido de baja frecuencia en aerogeneradores. Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales y de Telecomunicación.

Venegas, L. E., & Mazzeo, N. A. (2012). La velocidad del viento y la dispersión de contaminantes en la atmósfera. In II Congreso Latinoamericano de Ingeniería de Vientos (CLIV)(La Plata, 5, 6 y 7 de diciembre de 2012).

 

Ilustraciones: Pilar Janet López Zárate

 

Vórtice, enero-mayo 2021 es una publicación trimestral digital editada por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), a través de la Dirección de Publicaciones y Divulgación, Edificio 59 (Facultad de Artes), Campus Norte. Av. Universidad 1001, Col. Chamilpa, CP 62209, Cuernavaca, Morelos, México. Teléfono +52 777 329 7000, ext. 3815. Correo: revistavortice@uaem.mx. Editora responsable: Jade Gutiérrez Hardt. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2014-070112203700-203, ISSN 2395-8871, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Responsable de la última actualización de este número: Roberto Abad, Av. Universidad 1001, Col. Chamilpa, CP 62209.


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