La ecología del fuego
La Tierra
Por Pamela Estrellita Zúñiga Bello y Melany Zúñiga Bello
12/05/2026
Era un viernes por la noche y después de una semana larga de exámenes y entregas finales, llegué a mi casa a prepararme algo de comer y ver una película en mi rincón favorito de la sala. Entré a la cocina y abrí la alacena casi por inercia, ahí estaban las galletas a medio terminar, una sopa instantánea arrinconada que compré “por si acaso” y un paquete de arroz que llevaba meses esperando su turno. Cerré la puerta, abrí el refrigerador y encontré una escena más triste aún: un jitomate arrugado, medio limón seco, unos tacos olvidados y una lechuga que ya pedía auxilio. Mientras pensaba si improvisar con lo que tenía o pedir algo a domicilio, me cayó el veinte de que mi forma de comer es un espejo de mis hábitos y del mundo del que formo parte.
La primera vez que escuché la frase “dieta saludable y sostenible” pensé que era una de esas ideas que suenan increíbles para un comercial, pero de las que nos olvidamos en cuanto aparece el hambre de verdad; como decir: los antojitos pesan menos el fin de semana. Sin embargo, conforme fui conociendo más del tema, cocinando y prestando atención a lo que había en mi plato, pasó lo inesperado: vine buscando cobre y encontré oro. Resulta que sí se puede comer rico, nutrir el cuerpo y, de paso, tener presente que no sólo importa el sabor, sino también el impacto que cada ingrediente deja en el mundo.
Desde hace años, palabras como “sostenible” o “sustentable” aparecen por todos lados: en el súper, en la escuela, en la ropa, en las noticias y, claro, en la comida. Pero en lugar de convertir esto en una clase llena de términos técnicos, prefiero pensarlo desde un lugar más cercano: la cocina. Porque al final, todo se decide ahí, frente a la estufa. Entonces imaginé que cambiar la forma de comer podía ser como entrar a un programa de cocina. Uno distinto, donde no solo importa el sabor, sino todo lo que hay detrás de cada ingrediente:
Bienvenidas y bienvenidos a un “MasterChef” muy particular: aquí el reto no es impresionar al jurado, sino cocinar sin quemar el futuro.
Este concurso comienza con un lema similar a “Cualquiera puede cocinar”, como dicen en la película Ratatouille, pero con una pequeñísima variación: “Cualquiera puede cuidar del planeta”. En esta competencia, los jueces serían nada más y nada menos que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que explica que una dieta saludable y sostenible es aquella que cuida el cuerpo, no explota al planeta, es accesible, segura, justa y encaja con la cultura y las tradiciones de quienes la ponen en práctica [1].
No es exageración: la forma en que producimos lo que comemos genera entre el 20 y el 35% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), esos gases tan famosos que mantienen la temperatura adecuada para la vida en nuestro planeta, pero que, en exceso, son perjudiciales. Además, cerca del 40% de la superficie terrestre libre de hielo se utiliza para la agricultura y la ganadería, y se contaminan el suelo y el agua debido al uso excesivo de fertilizantes [1]. Por lo que, la forma en la que preparamos nuestra comida día a día le está pasando una factura elevada a la Tierra.
Con ese escenario sobre la mesa, el concurso arranca.
Primer reto: que la comida no termine en la basura
¡Atención, cocineros! En 2022 se desperdiciaron más de mil millones de platos de comida al día, mientras millones de personas vivían con hambre o inseguridad alimentaria; es decir, cuando una persona no tiene acceso constante y seguro a alimentos suficientes y nutritivos. Es vivir con la preocupación de no saber si habrá comida al día siguiente, quedarse con hambre con frecuencia o tener que consumir alimentos de baja calidad porque no hay recursos para algo mejor. [2]. La contradicción es tan grande que cuesta digerirla. Gran parte del problema ocurre en el día a día: comprar de más, dejar que los alimentos se echen a perder en el refrigerador o desechar frutas y verduras porque no se ven “bonitas”.
Este reto no tiene nada de gourmet ni de complicado. Planear las compras, usar lo que ya está en la despensa y aprender a rescatar alimentos muy maduros pueden marcar una enorme diferencia. Una fruta que ya no aguanta otra semana puede convertirse en mermelada; otras pueden congelarse y terminar en una bebida fresca en lugar de un refresco embotellado. Cocinar en casa también cuenta: se desperdicia menos y se controla mejor lo que se come. Si alguien es prófugo de la cocina, existen algunos restaurantes o negocios de comida que se están poniendo las pilas al vender a un costo más accesible los alimentos del día que no se consumieron, e incluso hay otros que los donan a gente que los necesita.
Este reto también apuesta por la comida tradicional. No sólo porque es deliciosa, sino porque es cultura e identidad. En Morelos, por ejemplo, unos tacos acorazados, un tlacoyo de frijol con nopales o una quesadilla cuenta historias que no vienen envueltas en plástico. Elegir estos platillos implica menos procesos industriales y menos emisiones que la comida rápida ultra procesada.
Claro que las hamburguesas o los jochos de la esquina, las pizzas, las papitas fritas con harto queso procesado, los refrescos pa’ bajar la comida o las sopas instantáneas tienen su encanto, Escuchamos, no juzgamos; sin embargo, lo mejor es consumirlos de vez en cuando, pero muuuuy de vez en cuando y no aplicar eso de “De algo me he de morir” ya que también se afecta a la salud del planeta. Su producción requiere grandes cantidades de agua, energía y empaques, además de que suelen tener un exceso de calorías, sodio y grasas saturadas (red flag en la lista de ingredientes), lo que se relaciona con problemas cardiovasculares [3].
Segundo reto: comer lo que crece cerca de ti
El siguiente nivel del concurso aumenta la dificultad, pero también el sabor. Cocinar con productos locales y de temporada reduce la contaminación asociada al transporte, apoya la economía de la comunidad y disminuye el uso de empaques. Cada año se producen más de 37 millones de toneladas de plástico sólo para envasar alimentos [4].
Comprar en el mercado y en la frutería de la esquina a quien distribuye directamente a los productos locales también permite respetar los ciclos naturales de las frutas y verduras. Cuando los vegetales están disponibles todo el año, suele ser gracias a un uso intensivo de fertilizantes, plaguicidas (para combatir bichos) o herbicidas (para eliminar plantas no deseadas) que terminan dañando el suelo y el agua.
Las frutas y verduras de temporada no sólo saben mejor; también aportan vitaminas, minerales, antioxidantes y fibra, que ayudan a mantener un peso saludable y a reducir el riesgo de enfermedades. Comerlas en su forma natural importa; dos naranjas en gajos no son lo mismo que un litro de “juguito saludable” exprimido y elaborado con diez o peor aún, uno industrializado con sellos de advertencia que tanto asustan.
En verano, que tal disfrutar de un rico coctel de frutas con sandía, melón, papaya, plátano, pera o tuna, subir al insta o al feis la foto de una fresca ensalada de lechuga, zanahoria, jitomate, pepino y brócoli, y que mis seguidores —o sea mi mamá y mi tía — vean las recetas saludables. En invierno, es mejor consumir cítricos como la naranja, mandarina, toronja y limón; o la guayaba, piña, melón, papaya, fresa y uva. Cualquiera que se elija son ricas en vitamina C y ayudarán a que las defensas no se vayan de vacaciones y que el frío nos haga los mandados.
Reto final: menos carne y más verdura
Este reto parecerá un descaro, sobre todo en un país donde decirle que no a la carnita’sada o a los tacos de los viernes puede ser casi una ofensa. Reducir su consumo no significa eliminarla por completo, sólo es cuestión de hábitos, cantidades y diversificar el plato. Una porción adecuada de carne equivale, más o menos, a la palma de la mano. El resto puede complementarse con cereales integrales, legumbres, tubérculos y verduras.
La razón no es sólo nutricional, también es ambiental. El sector ganadero genera 18% más emisiones de GEI que todo el transporte junto y aporta el 9% del dióxido de carbono (CO2) producido por actividades humanas [5]. Además, requiere enormes extensiones de tierra y grandes cantidades de agua. Por el contrario, alimentos como el frijol, la lenteja, el garbanzo, las habas, el arroz, el amaranto, la avena, el maíz, el camote, el elote o la papa usan menos recursos y aportan energía, proteínas vegetales y fibra [6].
Una combinación clásica —arroz con frijoles, enfrijoladas, molletes— puede ser tan nutritiva como deliciosa. El problema vuelve a aparecer con los ultraprocesados: cereales de caja, pan blanco, bollería industrial, frituras y comida rápida, todos ellos cargados de azúcares refinados, grasas trans (esas que dañan al organismo tapando las arterias) o sodio, que, consumidos con frecuencia aun en pequeñas cantidades, se asocian con el aumento de peso, diabetes tipo 2, hipertensión y algunos tipos de cáncer. Por suerte, en México ya los podemos identificar fácilmente con los sellos de advertencia [7].
Comer distint
La frase “Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes” aplica a muchos ámbitos de la vida, incluyendo nuestra alimentación. Cambiar la forma en que comemos no es un acto individual aislado. Tiene que ver con la salud pública, los derechos humanos y la justicia ambiental. El derecho a una alimentación adecuada implica el acceso a alimentos suficientes, nutritivos, culturalmente aceptables y producidos de manera sostenible [13].
Es necesario adoptar una dieta saludable y sostenible. Por suerte, México cuenta con el “recetario oficial”: el Plato del Bien Comer de las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles 2025 [14], conocerlo y ponerlo en práctica es como tener la fórmula secreta de este “MasterChef” de la vida real, dónde no gana quien hace el platillo más extravagante, sino quien logra comer rico, nutrirse y, de paso, no chamuscar el planeta.
Hacer cambios para tener una nutrición adecuada y un menor impacto negativo al ambiente no significa perfección ni sacrificio eterno; es más bien un proceso de decisiones cotidianas: elegir qué comprar, cómo cocinar y cuánto servir. A cambio, el beneficio es enorme: más energía y bienestar para quien come, menos emisiones y residuos, y un planeta un poco más saludable para todos. Si algún día me ven comiendo de esta manera, no es moda ni castigo ni una etapa rara que pasará. Es que, entre el antojo y el planeta, ya elegí quedarme donde ambos pueden coexistir.
Referencias
[1] OMS. Dietas saludables sostenibles. Principios rectores. Dietas saludables sostenibles. FAO and WHO; 2020 Oct.
[2] ONU. Programa para el medio ambiente. El mundo desperdicia más de 1.000 millones de platos de comida al día – informe de la ONU [Internet]. 2024 [cited 2025 Feb 13]. Available from: https://www.unep.org/es/noticias-y-reportajes/comunicado-de-prensa/el-mundo-desperdicia-mas-de-1000-millones-de-platos-de
[3] OPS/OMS. Organización Panamericana de la Salud. Ácidos grasos trans [Internet]. 2025 [cited 2025 Feb 27]. Available from: https://www.paho.org/es/temas/acidos-grasos-trans
[4] Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y la Agricultura. Los plásticos en los sistemas agroalimentarios: lo bueno, lo malo y lo feo [Internet]. 2021 [cited 2025 Feb 13]. Available from: https://www.fao.org/newsroom/detail/plastics-in-agrifood-systems-the-good-the-bad-and-the-ugly/es
[5] Naciones Unidas. La ganadería produce más gases contaminantes que el transporte | Noticias ONU [Internet]. [cited 2025 Feb 13]. Available from: https://news.un.org/es/story/2006/11/1092601
[6] UN. Los alimentos y el cambio climático: Una dieta más sana por un planeta más saludable. Naciones Unidas [Internet]. 2022 [cited 2025 Feb 13]. Available from: https://www.un.org/es/climatechange/science/climate-issues/food
[7] Gobierno de México. Modificación a la Norma Oficial Mexicana NOM-051-SCFI/SSA1-2010, Especificaciones generales de etiquetado para alimentos y bebidas no alcohólicas preenvasados-Información comercial y sanitaria [Internet]. 2010 [cited 2025 Feb 27]. Available from: https://www.dof.gob.mx/normasOficiales/8150/seeco11_C/seeco11_C.html
[8] INAH. Comida mexicana, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Instituto Nacional de Antropología e Historia [Internet]. 2022 [cited 2026 Feb 28]. Available from: https://www.inah.gob.mx/foto-del-dia/comida-mexicana-patrimonio-cultural-inmaterial-de-la-humanidad
[9] Gaceta UNAM. Cae consumo de frijol entre los mexicanos [Internet]. 2022 [cited 2026 Feb 28]. Available from: https://www.gaceta.unam.mx/cae-consumo-de-frijol-entre-los-mexicanos/
[10] El Universal. Cada mexicano consume entre 74 y 75 kilos de tortillas al año; promueven día internacional de este alimento [Internet]. 2025 [cited 2026 Feb 28]. Available from: https://www.eluniversal.com.mx/cartera/cada-mexicano-consume-entre-74-y-75-kilos-de-tortillas-al-ano-promueven-dia-internacional-de-este-alimento/
[11] Servicio Nacional de Sanidad I y CA. Carne mexicana para una dieta sana y equilibrada [Internet]. 2020 [cited 2026 Feb 28]. Available from: https://www.gob.mx/senasica/articulos/carne-mexicana-para-una-dieta-sana-y-equilibrada
[12] Medina-Zacarías MC, Rodríguez-Ramírez S, Martinez-Tapia B, Valenzuela-Bravo DG, Gaona-Pineda EB, Arango-Angarita A, et al. Consumption trends of fruits, vegetables and legumes in Mexican adults. Ensanut 2012-2022. Salud Publica Mex. 2023;65(6):592–602. doi:10.21149/15067 PubMed PMID: 38060929.
[13] Secretaria General. Ley General de la Alimentación Adecuada y Sostenible [Internet]. DOF 17-04-2024. 2024 Apr 17. p. 1–32. Available from: https://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/LGAAS.pdf[14] SSA, INSP, UNICEF. Guías Alimentarias saludables y sostenibles para la población mexicana [Internet]. 2025 [cited 2026 Feb 28];1–100. Available from: https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/1029510/Guias_Alimentarias_Mexico_2025.pdf
Vórtice, es una revista de publicación continua digital editada por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), a través de la Dirección de Publicaciones y Divulgación, Edificio 59 (Facultad de Artes), Campus Norte. Av. Universidad 1001, Col. Chamilpa, CP 62209, Cuernavaca, Morelos, México. Teléfono +52 777 329 7000, ext. 3815. Correo: revistavortice@uaem.mx. Editora responsable: Jade Gutiérrez Hardt. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2014-070112203700-203, ISSN 2395-8871, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor.
Responsable de la última actualización de este número: Roberto Abad, Av. Universidad 1001, Col. Chamilpa, CP 62209.
Vórtice está incluida en el Índice de Revistas Mexicanas de Divulgación Científica y Tecnológica del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Publica artículos de divulgación relacionados con las ciencias y las humanidades, y textos breves que transmitan el gusto por el conocimiento científico. El contenido de los artículos es responsabilidad de cada autor. Esta revista proporciona acceso abierto inmediato a su contenido, con base en el principio de ofrecer al público un acceso libre a las investigaciones para contribuir a un mayor intercambio global de conocimientos. Se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.



